Una vez estaba jugando golf en Nueva Jersey y maté un ganso. Es un cuento bien triste.

Tuve que tirar la bola sobre un lago en que había una manada de gansos. Pero lo hice mal, y la bola estropeó uno de ellos. La manada huyó volando, pero él quedó allí con la cabeza bajo la superficie del agua. Cuando llegué a donde estaba en el agua, me di cuenta de que no estaba moviendo y me pareció muerto. Lo cogí con uno de mis palos y lo lleve a la orilla. De repente, el ganso empezó a temblar. Todavía estaba vivo, pero su ojo estaba colgando del orbito y pareció que su cráneo había sido aplastado.

Decidí que tuvo que rematarlo para que no sufriera. Estaba tumbado en la hierba y empecé a darle golpes fuertes a la cabeza. Mis compañeros que estaban jugando no podían aguantar de lo que estaba pasando y siguieron caminando hacia la sede del club. Cuando termine el trabajo, había sangre y plumas por todas partes y me sentía un poco raro. Uno de mis amigos me dijo que tenía mucha suerte porque la bola había rebotado de la cabeza del ganso y estaba en el Fairway en buenas condiciones. ¡Seguí jugando y metí un birdie!

Me encantan los animales, pero aquel día, para que yo jugara mejor, un ganso tuvo que morir.